El absurdo de las comparaciones históricas

Un hábito muy extendido entre los aficionados a la Historia, por suerte no tan desarrollado, o acuciado, entre los historiadores serios, es la comparación constante entre dos o más figuras relevantes. Cuestiones como ¿cuál fue el mejor estratega de la Historia?, ¿quién venció más batallas?, ¿qué personaje histórico ha influido más en la Historia?, etc,… son muy comunes en foros y páginas de aficionados.

Sin duda ninguna todas estas preguntas son absurdas, y no tiene ningún planteamiento científico que las avale. Notará el lector que obviamente considero a la Historia una ciencia, y como tal, también posee sus propias reglas. ¿Alguien quiere decirme como comparamos a Napoleón con César, cuando casi mil novecientos años los separan? ¿Acaso Napoleón se encontró con las mismas vicisitudes que César? La verdad, no veo al Divo romano utilizando la artillería de la manera que la usaba Napoleón. Entre otras cosas porque la pólvora no existía, si, algo tan obvio parce que se les olvida a los “comparadores históricos”.

He usado el ejemplo de Napoleón y César porque es uno de los más recurrentes, pero no faltan ejemplos. Jesucristo con Mahoma o Buda, Colón con Cook, o Luther King con Nelson Mandela. Esta insistencia en el tema quizás haya que buscarla en la propia Antigüedad, donde obras como las de Plutarco, un moralista no un historiador, comparaba vidas de personajes influyentes romanos con otros de origen griego. Así podemos encontrar las vidas paralelas de César y Alejandro, Eumenes y Sertorio o Teseo y Rómulo.

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Esta pasión por las comparaciones no solo se ha quedado en el campo individual, sino que se han llegado a comparar culturas enteras una frente a la otra. Este tipo de equiparaciones sin fundamento, tiene su tema estrella en, ¿quiénes era más feroces, las falanges espartanas o las legiones romanas?

Otro rasgo distintivo de estas discusiones sobre quien es el mejor, es la virulencia con la que cada cual defiende a su favorito, llegándose para ello a desprestigiar a la figura que se cree rival de su ídolo. Abundan las críticas, cuando no insultos velados, enmascarados en una pretendida intelectualidad, a Aníbal para ensalzar a Escipión, o a Napoleón para ensalzar a Wellington.

En muchas profesiones se habla de intrusismo laboral, y en muchas ocasiones estos actos son evidentes, con personajes de los que no se sabe oficio alguno que ocupan una cuota de pantalla destacada, pero en la Historia también lo hay, aunque no de una manera tan llamativa. La mayoría de los que mantienen o defienden este tipo de posturas comparativas, no son licenciados en Historia, y lamentablemente se les nota, y creen que por leer todas las fuentes clásicas o algún que otro libro en inglés, ya pueden teorizar sobre la Historia.

Estos… estudiosos, por ser generoso en el término, no alcanzan a comprender que la belleza de la Historia está precisamente en la sucesión de actos, eventos y costumbres, que hacen que un personaje o cultura sea de una determinada manera porque precisamente los actos con el que se le compara fueron los que fueron. La Historia es para disfrutarla, es para aprender, no para polemizar, de eso ya… se encargan otros.

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