El Mediterráneo: De centro del mundo a espacio de fricción entre civilizaciones

Los territorios bañados por el mar Mediterráneo, rebelan muy claramente los cambios que iban a terminar desembocando en la llamada Edad Media, pues de un mundo unido con el Mediterráneo como eje vertebrador, se pasará a un choque de culturas latente aún en la actualidad.

El siglo III representa una etapa de transición en el Mediterráneo, puesto que se atiende a un cambio de disposición política y cultural dentro del Imperio Romano, pasándose del Principado al Dominado. Dicho cambio se va gestando a lo largo de todo el siglo III con una serie de emperadores que se sucedían en el trono de manera continuada, un período conocido como el de los emperadores soldados, y en el que la unidad del imperio se vio en peligro ante las creaciones de Imperio Gálico en occidente y la secesión encabezada por Zenobia de Palmira en Oriente (mapa). Toda esta etapa culmina con el gobierno de Diocleciano y las reformas que este adopta para todo el Imperio. Durante este siglo III, el Mediterráneo sigue jugando un papel claramente central, actuando como nexo cultural y económico de todo el Imperio, pero se pueden ir atisbando ya los cambios que serán los protagonistas en los siglos venideros, tales como los problemas fronterizos del imperio ante las primeras incursiones bárbaras, la división entre oriente y occidente, y el papel creciente del cristianismo.

Diocleciano llega al poder en el 284, y realiza las reformas que marcarán el futuro del Mediterráneo, pues creará la figura de dos emperadores, Augustos, uno para cada parte del imperio, occidente y oriente, apoyado cada uno por un lugarteniente al que llamó César. Es el sistema de gobierno que se ha llamado tetrarquía. Nace así la distinción entre lo occidental y lo oriental, que aunque ya venía dado de antes por el uso del griego en toda la cuenca del Mediterráneo oriental, es ahora cuando recibe una distinción más específica y política. El propio Diocleciano llevará su residencia a la zona oriental del imperio, que es la que se guarda para él, anunciando la futura basculación del eje del imperio hacia Oriente.

El sistema tetrárquico no sucederá a Diocleciano, pues Constantino, que alcanza el poder en el 306, acaparará el poder en su sola persona, pero establecerá la capital imperial en Bizancio, a la que refundará como Constantinopla. Este hecho marcará sobremanera las relaciones en el Mediterráneo, pues todo el sector oriental del Imperio, poseerá desde entonces un centro político, comercial y religioso tan poderoso como dos siglos antes había sido Roma para occidente.

Constantino I

Constantino I

Con Constantino se afianza también, otra realidad cada vez más presente en la vida del imperio como es el cristianismo. El emperador dicta el edicto de Milán en el 313, donde da libertad de culto a los cristianos, y convoca el concilio de Nicea en 325, en el que se otorga legitimidad al cristianismo en el Imperio.

Así durante los siglos III y IV, comienza a desarrollarse la división entre Oriente y Occidente, ahondada por la situación económica, pues en la zona occidental del Imperio las ciudades han ido perdiendo su papel administrativo y económico, con una acuciante ruralización de la población debido a la marcha de las élites al campo que arrastra al resto de la población. En oriente por el contrario se produce una dinamización económica si se compara con la crisis que arrastró esta zona del Imperio en los siglos I y II. Las ciudades como Constantinopla, Antioquía o Alejandría mantienen sus papeles de estimulación económica, no en vano es en estas ciudades donde se concentran la mayoría de las cecas de la época.

Es la fecha 395 cuando se hace efectivo la división del Imperio, cuando Teodosio, lega la parte occidental a su hijo Honorio, y Oriente a su otro hijo Arcadio. En este contexto es el que hay que situar las invasiones del siglo V, que ya venían dándose en el siglo IV, y que acabarán con el Imperio romano de occidente, que como hemos visto, no tenía la misma capacidad de superar los problemas planteados por las invasiones de Francos, Vándalos, Godos, Alanos, … como la zona oriental.

Los nuevos reinos creados por los germanos, no darán al Mediterráneo la misma importancia que Roma, produciéndose una clara ruptura en las relaciones culturales y comerciales que el Mediterráneo ofrecía. Será en la cuenca oriental, donde los bizantinos, es decir, los romanos orientales, mantendrán la importancia de este mar como eje vertebrador de sus territorios. Así, durante el siglo VI, con las conquistas de Justiniano, será cuando casi la totalidad del Mediterráneo vuelva a concentrarse en manos de un mismo poder. Tanto es así, que de las antiguas provincias romanas que poseían orillas en el Mediterráneo, los bizantinos únicamente no podrán reconquistar La Tarraconense y la Narbonense. Aún así, el Mediterráneo ya no conoce una unidad cultural, pues en occidente la religión depende del Papa de Roma, mientras que Oriente comienza a vislumbrarse otra manera de entender el cristianismo, lo que se conocerá como la ortodoxia.

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Justiniano I

En el siglo VII irrumpe en el escenario mediterráneo una nueva religión, el Islam. Motivado por la expansión que propugnan los sucesores del profeta Mahoma, los musulmanes pondrán en jaque todo el entramado defensivo bizantino que estaba preparado para hacer frente a los sasánidas desde el este, no para aguantar un ataque desde el sur. Su avance será de una gran velocidad a través del norte de África, y para el 711, los musulmanes ya habrán llegado a la Península Ibérica.

La incorporación de los musulmanes a la cuenca del Mediterráneo, pondrá fin definitivamente a la idea de este mar como centro de un mundo culturalmente unido, dando paso a una época de clara distinciones religiosas que originarán numerosos conflictos.

El avance musulmán será detenido por los francos en la batalla de Poitiers en el 732. El pujante reino franco, vivirá desde entonces una clara época de expansión que se consolidará con el reinado de Carlomagno y su coronación como emperador en el año 800. Comienza ahora en occidente los inicios del feudalismo, también llamado protofeudalismo, con señores poseedores de castillos y tierras, campesinos adscritos a la tierra y una Iglesia muy poderosa e influyente en todos los aspectos de la sociedad.

Así a comienzos del siglo IX, el Mediterráneo presenta una triple distinción, por un lado los occidentales o latinos, representados en el reino franco y la Iglesia de Roma; los orientales o griegos, con su propio emperador en Constantinopla y una iglesia ortodoxa que también influía en la vida diaria de los bizantinos; por último los musulmanes poseedores de la cuenca sur del Mediterráneo y con una religión, que a pesar de no poseer una casta sacerdotal, mediatizaba todos sus comportamientos. Esta realidad a tres, pervivirá hasta el fin de la Edad Media, cuando los turcos, de religión musulmana, acaben con este equilibrio tomando Constantinopla en el año 1453 y haciendo desaparecer a lo que quedaba del Imperio Bizantino.

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