De la democracia

En tiempos de crisis, en tiempos de imputados que finalmente no lo son, cuando no vale casi nada de lo que has conocido, y… peor aún, cuando no vale casi nada de lo que vas a conocer, el consuelo que nos queda a los ciudadanos españoles es la democracia, nuestra joven democracia.

¿Consuelo? Si, esa es el vocablo que parece haber quedado para definir a la democracia, al menos en España. Recordemos que consuelo, a parte de ser un nombre de mujer bien bonito, es el alivio que siente una persona referente a una pena, dolor o una carencia determinada, si, incluida la sexual. Bien, entonces, ¿cual es la pena, o las penas, que la democracia nos alivia? Sin duda de la sempiterna dualidad de partidos, de la antirreferendum monarquía, de la corrupción campante de los distintos cargos políticos y de los poderes económicos y financieros, e incluso de la propia idea de país.

La democracia está por encima de todo esto, y se ha convertido en consuelo porque es lo único a lo que los ciudadanos podemos agarrarnos en estos convulsos tiempos políticos. ¿Debería ser así? No, la democracia no nació como un consuelo, sino como una necesidad, como un elemento indispensable para el buen gobierno, el anhelo de máxima libertad política que se puede dar así mismo el ser humano. No, no estamos hablando de utopías ni del paraíso celestial, es que eso es la democracia, el poder de los ciudadanos. La democracia tiene que ser el valor que los ciudadanos defiendan por encima de todo. Sin democracia no podría entenderse una sanidad pública de calidad, una educación que genere grandes resultados, unas prestaciones sociales que protejan a la sociedad en los casos que hagan falta, etc, etc,… Si el poder no reside en el pueblo, ¿cómo vamos a pretender que todos estos factores sociales (educación, sanidad,…) lo estén?

santiago carrillo y suarez

¿La liarán cuando no estemos?

No quiero decir con esto que la actual democracia, tal y como la conocemos, no deba ser mejorada, ni modificada, pero cuidado con la dirección de tales mejoras, pues el sentido de estos cambios no deben llevar otra dirección que hacia el pueblo, es decir, siempre hacia una mayor participación de la ciudadanía en la vida política, en la vida pública al fin y al cabo. Los ciudadanos debemos protegernos de “salvapatrias”, rehuir del “por tu bien”, pero a la vez sabiendo lo que poseemos, valorando la única posibilidad que nos permite ser eso mismo, ciudadanos, y que no es otra cosa que la democracia.

En ocasiones se puede leer y escuchar en determinados círculos, ya sean políticos, periodísticos o de libres pensadores varios, que la democracia es algo tangible a Occidente, a la tan “manuseada” cultura occidental. Claro, faltaría más, la democracia hunde sus raíces en la antigua Atenas, su idea vivió de alguna manera en el sustrato occidental durante el medievo, ya fuese en forma de monarquías diluidas por consejos de nobles o en repúblicas marítimas como Venecia, hasta resurgir con fuerza en el siglo XVIII con los escritos de Voltaire, Rousseau o Montesquieu y la Revolución Francesa. Finalmente se materializó tal y como la entendemos en el siglo XX, pero estos círculos defensores de la tradición, conciben a la democracia como una compañera inseparable del neoliberalismo, del libre mercado, que es tan libre, que roza la barbarie o el salvajismo.

Estas democracias patrocinadas por una marca de refresco o por un potente canal privado, no es la democracia a la que unos ciudadanos ahogados por este neoliberalismo quieren defender, y esta conclusión es a la que ha llegado la ciudadanía por sus propias reflexiones. El grito de ¡no nos representan!, se refiere a este tipo de representación, la representación de tal o cual empresa privada en el Parlamento. No es una exageración, hemos visto dinero público yendo a parar a manos de bancos privados, hemos oído como se elevaban quejas oficiales porque una empresa perdía intereses en algún país y vemos contratos de ensueño por parte de políticos de toda índole en grandes empresas. Los votantes, como les gusta a muchos políticos llamar a los ciudadanos, quieren que se les defienda a ellos. ¿Quiere decir esto que el pueblo pide dinero sin más? A más de uno le gustaría que la contestación fuese si, pero lo que se reclama es que el representante nos represente a nosotros. Ya está, tan simple como eso. Que se establezcan vasos comunicantes entre la ciudadanía y los políticos, los mismos que actualmente existen entre los partidos y las empresas.

Muchas de las propuestas para la mayor participación ciudadana en la vida política del país se han planteado. Listas abiertas, transparencias en las cuentas de los partidos políticos, elección directa de los representantes en las cámaras al estilo anglosajón para que exista verdadera división entre el poder legislativo y el poder ejecutivo, o referéndums para leyes que atañen al bienestar de la sociedad, ya sean declaraciones de guerra, cambios de monedas o “retoques” a la Constitución.

Es ahora cuando vuelvo al principio para decir que si se consigue el buen funcionamiento democrático, al menos estaremos en la senda de una democracia madura, limpia, donde la división de poderes es auténtica, sin presiones a jueces y con unos ciudadanos que saben que no solo se cumplen sus deberes, sino también sus derechos. La tan cacareada regeneración es posible. ¿Se quiere?

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