De la revolución

¡Hace falta una revolución!, ¡los tiempos de las revoluciones ya han pasado! Todos hemos escuchado o leído estas frases al menos una vez en nuestras vidas. Son consignas tan contradictorias y que encierran posturas tan alejadas la una de la otra, que muchos pensarían que no podrían ir cogidas de la mano, pero la realidad es que es así en muchas ocasiones. Van cogidas de la mano porque una situación concreta puede hacer que una misma persona pase de decir una frase a la otra en un breve lapso de tiempo. Van cogidas de la mano porque siempre que se escucha una, la otra también se alza.

Normalmente quien grita ¡hace falta una revolución! es el pueblo, la masa de ciudadanos que vive el día a día con denuedo para llegar a fin de mes, si es que consigue llegar. Hacen suya esta consigna una parte de la antigua clase media, que ve como ahora las normas del juego han cambiado. También es coreada por ciertos grupos de jóvenes que no saben o que quieren ignorar, el verdadero sentido de lo que están diciendo y lo gritan en mitad de sus actos lúdicos acompañados del alcohol.

Quienes dice ¡los tiempos de las revoluciones ya han pasado!, suelen ser señores o señoras de mediana edad o de edad avanzada, que reclinados en su caro sillón, no ven, no conciben la idea de un cambio que les haga caer de ese mismo sillón, y que se distraen “jugando” a la bolsa. Asimismo enarbolan esta frase lo que queda de la clase media, que entiende la revolución como un peligro a perder su coche y su televisor de cincuenta pulgadas.

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Donde el inmovilismo se hace fuerte

A pesar de la relación existente, estas dos frases encierran dos posturas que conviven mal. Revolución e inmovilismo. Una frente a otra. Dos conceptos que, como dos platillos de una misma balanza, una vez sube una, la otra ha ser rellenada inmediatamente para ofrecer su contrapeso. Y quien debiera llenar los dos platos de esa balanza debería ser la democracia, garante de la justicia y que nace de los ciudadanos, amparo del derecho natural de igualdad.

Por lo tanto la revolución tiene su razón de ser, casi posee una existencia obligatoria en el cuerpo cívico cuando la democracia no cumple su función social, aunque cumpla su función política, funcionando casi como un aldabonazo a la conciencia democrática de los países. Mas, ¿cómo saber cuál es la función social que debe cumplir este sistema democrático para que una revolución cumpla su desempeño? La solución es sencilla, nada de eufemismos ni de quimeras o sueños imposibles de realizar, la única función social de las democracias debe ser cohesionar la sociedad garantizando la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos en cualquier campo, ya sea la economía, la sanidad, la política o ante la Ley.

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Imagen icónica de Revolución

Pero antes de continuar, hay que plantearse la misma idea de revolución. No puede ser que, por la defensa o más bien continuidad de valores democráticos, se caiga en un baño de sangre. La revolución no es violencia, caos o matanzas. Ya Víctor Hugo diferenció bien en Los miserables un motín, de una revolución. Esta, en tanto idea de cambio radical en corto espacio de tiempo con respecto a lo que había con anterioridad, no tiene porque ser violenta. La transición española tras la muerte de Franco o la caída del régimen comunista en Polonia, son dos ejemplos de revolución sin violencia. Aunque estos ejemplos tengan sus luces y sombras, obviamente.

Sin embargo, ¿por qué entonces da tanto miedo la palabra revolución? ¿Por qué se le asocia una y otra vez con movimientos violentos? Pues en gran medida es debido al ataque constante que han recibido las ideas revolucionarias por los sectores que precisamente tendrían miedo de ella. Estos son los mismos que hacen que las democracias vean rotas sus funciones sociales, precisamente esa minoría que saca sus beneficios de aquellas circunstancias que hacen que la mayoría no saque fruto alguno. Cada ciudadano debería preguntarse si de verdad se identifica con este reducido grupo social…

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Robespierre

Estos círculos conservadores han conseguido colmatar de injurias a las revoluciones con una serie de mantras, como por ejemplo: ¿Queréis una matanza? ¿Acaso deseáis una segunda etapa de “El Terror” de Robespierre? Son preguntas cargadas de demagogia que realizan los defensores del inmovilismo social y económico. Como he comentado con anterioridad, la violencia no es una condición sine qua non de la revolución, y los ciudadanos no quieren construir una sociedad democrática con una raíz violenta. En la actualidad las muertes no son necesarias como en la Revolución Americana, donde la libertad de todo un pueblo estaba en juego y las armas decidieron esa libertad frente a un rey al otro lado del Atlántico; o como en la Revolución Francesa, donde las monarquías despóticas europeas oprimían a sus súbditos, los cuales acudieron a las armas para quitarse un tacón ilustrado de sus cuellos.

Ahora no son reyes quienes coartan las libertades, no se trata de dejar atrás la esclavitud, ni de instaurar una democracia, son otras cuestiones las que están “en juego”. La base de nuestro sistema político es el derecho del pueblo a hacer y modificar sus constituciones de Gobierno, pero esto no se cumple. La sanidad debe estar dentro de la administración pública, pero eso comienza a no cumplirse. El acceso a la ley es universal y no debería depender del estado económico de cada individuo, pero esto no se cumple. Una revolución para una mayor decisión ciudadana quizás deba gestarse. El platillo quizás deba desequilibrarse.

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