Somos números…

El debate realizado en el parlamento sobre el estado de la nación, no será el motivo de este escrito, no se hablará de lo que dijo Rajoy, de lo que planteó Rubalcaba o lo que platicó Cayó Lara. Para ello ya saben a que medio de comunicación acudir dependiendo del lado del cerebro con el que más se identifiquen, ahí le dorarán la píldora a alguno de los dos líderes de los partidos con más representantes.

Lo que hemos podido ver en el Parlamento me ha suscitado toda una serie de preguntas o inquietudes, como queramos llamarlas, y eso es lo que abordaremos en este artículo. La primera cuestión que me planteó dicho debate es, ¿por qué los representantes no hacen una gira por España antes de iniciar el debate de la nación? Lo más lógico y normal sería que cada representante (nótese que nunca utilizaré el término político porque los verdaderos políticos somos los ciudadanos) bajase de sus altares cuatrienales y se pasease por la realidad que viven los españoles y así poder efectuar un debate con la información de primera mano. Se conseguiría un auténtico debate de la nación, no un debate del estado, que es lo que acaba sucediendo.

Sin embargo dentro del sin sentido político pseudodemocrático en el que vivimos, estos viajes por las distintas ciudades y pueblos de España sólo se producen cuando van a llegar las elecciones. Ningún representante se atreve a decir lo que es en realidad este viaje, una caza de votos. Simple y fácil de definir, pero todos los esconden en eufemismos como “saber lo que quieren los ciudadanos” o “acercarse al pueblo”. Si lo hiciesen antes de un debate de la nación no habría porque hacerlo antes de unas elecciones, ya sabrían nuestras quejas, sufrimientos y lo que queremos cada año, sin necesidad de esperar a cuatro. Pero una vez más se ve con claridad que la intención de los representantes no es representar, sino gobernar de manera autónoma, perdón, autoritaria, sólo haciendo como que escuchan cuando necesitan el voto. Somos números.

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Todo por el pueblo, pero sin el pueblo…

Otro aspecto que me asaltaba mientras veía las charlas en tan insigne y bonito hemiciclo, era la constante referencia a cifras. Tal porcentaje de PIB, tanto euros de tarifa plana en IRPF, yo no sé cuantos euros que usted o tal otro recortó… por momentos me parecía estar ante un consejo de administración de una empresa, y no ante nuestros dirigentes. Esto es gran medida por esa idea que ha ido calando, la verdad que no sabría decir desde cuando, en todas las esferas, tanto en los representantes como en los ciudadanos, y que no es otra que aquella que dice que dirigir un país es como llevar una empresa.

Si, han oído bien, es la mayor estupidez que jamás se ha repetido más y que más gente cree a pies juntillas. Un país no se lleva ni se puede llevar con esa mentalidad, sin embargo es la que impera, pues una nación no puede medirse sólo por índices económicos ni en ganancias o pérdidas. El estado debe ser el garante de la dignidad de los ciudadanos, y como tal debe realizar tareas tan alejadas de mediciones numerales que la comparación con los resultados de una empresa no tiene ningún tipo de sentido. Un simple ejemplo, una empresa jamás tendría que mantener a jubilados, un estado debe albergarlos y no darle la espalda; otro ejemplo, una empresa jamás mantendría a un discapacitado, el estado debe procurarle dignidad; una línea de transporte público poco rentable que una empresa suprimiría, pero que un estado mantiene para dar servicio a sus vecinos; y así muchos más.

Parece que esa mentalidad por el éxito ha impregnado incluso a los representantes, que se permiten el lujo de decirnos a los ciudadanos, con una visión de falso paternalismo, lo que debemos hacer por nuestro bien, y nos dicen que hay dinero para algunas cosas y para otras no. Pero, ¿por qué esta baile de dinero? Pues muy fácil, lo que no es productivo y no nos lleva al éxito como Marca España (este término es el culmen de la teoría “estado igual a empresa”), es del todo prescindible. Somos números.

La tercera cuestión que se me vino a la cabeza era la cuestión de los derechos de los ciudadanos y de la Constitución. No se habló desde un punto de vista serio el ampliar los derechos de los españoles ni de hacer que se cumplan los ya recogidos por la Constitución. Si se admite, por parte del pueblo, que ciertos derechos como el de un trabajo digno y como el de tener acceso a una vivienda digna no se cumplan, ¿qué impedirá que otros también desaparezcan paulatinamente? Todos hemos escuchado que estos derechos están puestos en la Constitución de manera nominal, ¡nominal! Y ya está, tan tranquilos. No, señores representantes, si el estado no cumple con el marco legal que simboliza la Constitución, de manera inmediata este estado queda invalidado. Sería un estado inconstitucional o cuanto menos aconstitucional, si me permiten el término.

Si el estado gobierna incumpliendo las leyes, rompe con uno de los principios básicos sobre los que se cimenta la democracia, la anulación de privilegios. Esto no es un alegato comunista, marxista, como les gusta decir a ciertos sectores, esto es un fundamento que en siglo XVIII Emmanuel Sieyes planteó para acabar con el Antiguo Régimen. En su obra Ensayo sobre los privilegios podemos leer: “Todos los privilegios, sin distinción, tienen ciertamente por objeto dispensar de la ley u otorgar un derecho exclusivo a algo que no está prohibido por la ley”. Es decir, que llevado a lo que estamos hablando, la ley es el único garante que tiene el ciudadano para tener acceso a una casa, pero el estado no lo cumple, permitiendo que exista un privilegio, que no es otro que la mayor o menor cantidad de dinero que posea uno u otro ciudadano. Claramente se produce un derecho exclusivo para ciertos sectores, y es el estado quien dispensa de este derecho al pueblo. ¿En qué momento se vio como normal la especulación con algo tan valiosos como una vivienda? ¿Por qué no se universalizó este derecho como la educación o la sanidad?

Con la omisión al derecho al trabajo ocurre lo mismo. Si el trabajo dignifica al ser humano, por todo lo que ello conlleva de conseguir con tu propio esfuerzo lo que te propones y además sin necesidad de ningún tipo de caridad, ¿por qué se incumple? Si, todos sabemos la respuesta: el mercado del trabajo se autorregula. Leen lo mismo que yo, mercado y trabajo en la misma frase. Somos números.

1978

-Firme la Constitución. -¿La qué?

Es obvio que los asuntos aquí relatados no son un problema que haya surgido en estos últimos años. A pesar de la transición, en España no ha habido voluntad de hacer cumplir de verdad una democracia donde se cumpla la soberanía popular, se respeten los derechos de los ciudadanos y el estado sea el garante de nuestra dignidad. ¿Sólo los parlamentarios son los culpables? Tenemos que hacer autocrítica, porque también nosotros, los que somos políticos de verdad, pero que no podemos viajar a Madrid y elegimos a un representante para ello, les hemos seguido el juego. Hemos dejado que ellos, los representantes, se arroguen un papel que ya hemos comentado con anterioridad, de falso paternalismo. Lo hemos permitido porque nos sentíamos cómodos. Nos eximían del servicio militar, nos bajaban los impuestos, facilitaban que nos dieran un crédito,… y ya sabemos muchos más ejemplos.

Sin embargo hay razones para el optimismo, pues los ciudadanos ya no toleran ciertos actos, es lamentable que haya tenido que ser la necesidad la que nos comience a despertar, pero vecinos que se movilizan por su barrio o plataformas cívicas nos están mostrando el camino. El representante que ha charlado estos días en el Congreso, debe saber que es observado con lupa, que el nuevo ciudadano le exige que lo haga bien, que sepan que el café para ellos se ha acabado y que dejamos de ser números. Somos los dirigentes.

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Un pensamiento en “Somos números…

  1. No os preocupéis Españoles, vendrán los salvadores de “Podemos” y nos darán a todos una vivienda y un trabajo digno a la carta y además una cartilla de racionamiento.

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