De los representantes

La representación de la ciudadanía para conformar los órganos de poder de los estados, ha sido desde la época de la Ilustración un tema muy debatido y que sin duda ha conllevado más polémica.

En primer lugar hay que hablar de lo que se está dando, es decir, de cómo se entiende en la actualidad la representación. El modelo por el que se ha optado es por el de unos representantes que, una vez elegidos, poseen la plena voluntad del estado, o si queremos ser precisos, ostentan la soberanía popular. Esto quiere decir que una vez comienza la legislatura los representantes pasan a ser plenipotenciarios, y sus decisiones son como si las realizaran los ciudadanos porque han sido estos últimos quienes les han elegido.

Este concepto, tiene en Emmanuel-Joseph Sieyès a su máximo exponente. En su obra ¿Qué es el tercer estado?, desarrolla esta idea como la mejor opción frente a las opciones más “revolucionarias” de una representación más directa. ¿Por qué en el siglo XIX y XX se acabó por imponer esta opción? Pues la respuesta como siempre es la más sencilla y obvia, era la que le interesaba a la pujante burguesía europea (con pujante me refiero a los poderes políticos que comenzaba a adquirir dicha burguesía tras las sucesivas revoluciones del siglo XIX, y que con gran acierto se denominan revoluciones burguesas). Como controladora de los poderes económicos, la burguesía se inclinó siempre a unos gobiernos sin demasiadas “complicaciones”, que fuesen pocos en número y que se encontrasen cercanos a sus posturas.

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Emmanuel-Joseph Sieyès

En los siglos XX y XXI, la palabra burguesía fue poco a poco perdiendo peso y se acabó sustituyendo por mercados. Todos hemos escuchado en los medios de comunicación expresiones como “los mercados ven con recelo tal conflicto”, “los mercados se pondrían nerviosos ante tales medidas o tales gobiernos de tal o cual corte”. Está claro que la economía fue capaz desde un principio de ingerir en la planificación política de las democracias europeas, y así ha continuado hasta nuestros días, donde se ha llegado a un punto de intervencionismo de la economía en la política tal, que una extraña alianza manda en nuestros futuros: la troika, una especie de Santísima Trinidad compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional cuyos miembros por supuesto no han sido elegidos por ningún ciudadano europeo, pero sí que se entiende perfectamente con nuestros representantes siguiendo el principio comentado con anterioridad.

Esta práctica es muy antigua, pues cuando un poder superior quiere imponer su voluntad frente a la mayoría, utiliza a una minoría que por algún ordenamiento jurídico, representa al resto. Baste recordad por ejemplo como los emperadores persas favorecían las creaciones de aristocracias en las ciudades griegas, pues le eran más fácil de controlar que una ciudad democrática. O como la Iglesia siempre se encontró más cómoda tratando con poderes unipersonales o de corte aristocrático que las democracias. Baste recordad sus buenas relaciones con Napoleón III o con Franco.

Hemos visto que el modelo de Sieyès gustó, pero por supuesto sólo aquello que de verdad interesaba, pues el pensador francés planteó desde el principio el problema que podía darse si los representantes de la soberanía popular, comenzaban a perseguir sus propios fines, y no el bien común. En la actualidad los representantes en muchos casos acaban entrando en los mercados, o proceden de él, por lo que si no estaban viciados por estos, lo acaban estando, olvidando el bien común y buscando el suyo y el de una minoría. Este problema de degeneración política, no ha sido planteado en su conjunto, pues incluso los propios partidos se han acabado convirtiendo en intereses alejados de servir a los representados.

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El Contrato social de Rousseau

Los moderados, seguidos muy de cerca por los supuestos progresistas, han hablado una y otra vez de la imposibilidad de un sistema asambleario, de su inestabilidad, de su propensión a caer en dictaduras populistas y demás, pero, ¿alguien habla de la vía rousseniana? Jean Jacques Rousseau habla también de representantes en sus escritos, pero se muestra partidario de una soberanía inalienable e indivisible, por lo que para el filósofo francés los representantes no poseen la soberanía durante el ejercicio de su cargo. Así, nos dice: […]“Los diputados del pueblo, pues, no son ni pueden ser sus representantes, son únicamente sus comisarios y no pueden resolver nada definitivamente. Toda ley que el pueblo no ratifica, es nula.”[…]

Como vemos es un modelo que reconoce la elección de comisarios, pero las decisiones necesitan del refrendo del pueblo. No es el sistema de asamblea o democracia directa ¿Por qué entonces no se ha querido elegir este sistema más democrático? ¿Por qué en las escuelas se habla de Rousseau como dentro de un movimiento, la Ilustración, pero no se leen de manera obligada sus textos? Sin duda alguna se teme a una mayoría preparada, consciente de su auténtico poder; se quiere a unos pocos que decidan sin contar con la mayoría en connivencia con los poderes económicos.

No se quiere a la democracia, no se quiere el bien común.

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Un pensamiento en “De los representantes

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