Escribes o tuiteas

Si hay de algún tema que se hable, y del que hable más gente, en el mundo editorial es la importancia de la red que un autor posea, ya sea a través de las redes sociales o personales. Y observo con estupor que una gran cantidad de autores que están comenzando creen que el número de seguidores es lo importante para llegar a publicar. Lo leen en artículos compartidos en redes sociales, lo ven en canales de Youtube. Lógicamente nunca van charlas a hablar con escritores más consolidados o con editores que no pertenecen a las grandes editoriales.

Pero la verdad es que dicha idea está calando y todos los que trabajamos en este mundo estamos cayendo poco a poco, sin querer, en esta mentira que, cómo he dicho, ya ha atrapado a los nuevos escritores. No debemos olvidar la gran verdad, y es que los seguidores que una persona cuente en Twitter o en Youtube aún no determina la calidad del manuscrito que dicha persona envía a una editorial. Sencillo.

Incluso sabiendo eso, me gustaría pararme en el porqué de esta no verdad que cada vez se torna más constatable. La mayoría se queda en las consecuencias, y se comenta que las grandes editoriales buscan un nombre, da igual si ya es un escritor consagrado, un famoso en cualquier actividad (televisión, deportes, ciencia,…) y ahora un tuitero o youtuber. Es cierto, las grandes editoriales lo están haciendo, y sólo ellas lo pueden hacer, pues una editorial mediana o pequeña no se lo puede permitir. Su solidez y creencia como editorial depende de su catálogo. Él es su seña de identidad. Los libreros la cuidarán o no por el mismo, las distribuidoras la respetarán o no por el mismo.

Pero ¿por qué las grandes lo hacen? ¿Cuáles son las causas que tan poco se analizan? Las grandes editoriales hace mucho que perdieron la capacidad de poder crear un éxito por ellos mismos con la frecuencia con la que lo hacían antes, y se ven obligados a mirar fuera de la literatura para recalibrar sus cuentas de resultados. Las memorias de un futbolista, las opiniones de una twitera cuyo nombre real no se conoce, un libro incalificable de un youtuber-gamer, o la novela de una tertuliana del corazón.

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Interior de la obra de un youtuber.

Sabiendo que estas son las causas, es ahí donde deberíamos pararnos todos los profesionales del mundo editorial, pero ya he dicho que eso no es lo que está ocurriendo, sino que nos quedamos embelesados con que ese libro funciona porque la gente lo conoce. Y claro, como no todos pueden ser futbolista, tertuliano, cantante, tuitero o youtuber, pues venga, a fichar a aquellos que quieren ser escritores y que tengan muchos seguidores en cualquier red social. Pero ese no es el camino para quien es o quiere ser escritor. Un escritor escribe, no es nada de las profesiones u ocupaciones anteriores. Está bien que tenga Twitter o Facebook, pero nunca debe ser su piedra angular sobre la que cimentar su carrera. Es decir, los otros ejemplos son personas con profesiones distintas que han escrito un libro; pero un escritor escribe y en sus ratos libres mantiene actualizado un blog o tuitea.

En clave personal me gustan los escritores que poseen sus redes y sus propios blogs, entre otras cuestiones porque los lectores lo demandan y les gusta interactuar con los autores antes y después de leer su obra. Pero lo que no me planteo es la publicación de un libro sólo por la cantidad de seguidores que posea una persona, de hecho ya le hemos dicho que no a varios tras leer sus manuscritos.

La clave es escribir, y bien, muy bien mejor dicho, y si es posible mantener vivas las redes sociales. Estas crecerán con los éxitos como escritor, no al revés. Un ejemplo sencillo y revelador, Arturo Pérez-Reverte (escritor que es muy activo en redes) tiene más de un millón de seguidores en Twitter; El Rubius pasa de los ocho millones en la misma red social.

¿Con que ejemplo te quedas? En tu mano está, escritor, ¿quieres ser un tuitero/youtuber, o quieres ser escritor?

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Huyendo de los filósofos de las redes sociales.

Una noche de domingo y viendo Salvados, ese genial programa llevado por Jordi Évole, constaté como uno de los entrevistados, Eduardo Martín, un sindicalista francés, comentaba que durante el proceso de lucha para salvar su fábrica, los trabajadores recibieron críticas y consejos de usuarios de redes sociales. En concreto usó el término “revolucionarios de Facebook”. De este comentario ha surgido este texto, y es que este es un fenómeno, el de los idearios o filósofos de las redes sociales, que está cada vez más en boga, y que tienen en la política y en lo social, sus campos o sus temas más preferido.

No parece nada malo que cada cual diga lo que quiera en su perfil de Twitter o Facebook, eso está por descontado, pero si lo ponen en el muro de otro o en el tuyo propio, al menos si que se le puede pedir, cuando no exigir a estas personas, que sean consecuentes con lo que te aconsejan, desacreditan, citan, apostillan, etc.

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El perfil de este tipo de persona suele ser, y digo suele, porque siempre hay salvedades, un perfil anónimo, cuyo nombre y foto que ves no se corresponde con una persona física, lo que ya de entrada pierde fuerza todo lo que pueda plantear este “avatar”. Si lo sacamos del mundo virtual sería como hablar sobre política con una persona que tiene una capucha puesta o una careta de Mafalda, y que te dice que se llama “Ateo Ronaldo” o “Escritor Impertinente”. ¿Seguirías el consejo de una persona con estas características?, ¿le dirigirías la palabra?

Bien, como digo este tipo de personas son los que suelen criticar a los demás sin aportar, los que nos dicen qué debemos hacer y cómo debemos hacerlo, y sino lo haces de esa determinada manera, te tachan sin ningún tipo de problema de hipócrita, rojo, fascista, retrógrado, militarista, comunista o porque no, maltratador. Da igual, ellos tachan, insultan cuando no amenazan, en el amparo de un anonimato virtual que les hace “venirse arriba”.

Algunos de estos perfiles son conocidos por alguno de nosotros, es decir, sabemos quien está detrás de estos comentarios absolutos, llenos de toda la verdad universal, alejados de cualquier idea de escuchar al otro y respetar al otro, y cuando sabemos quienes son, mayor es nuestro estupor, ya que hablan de revueltas, de que esto no puede seguir así, que habría que meter fuego a todo, pero muchos de ellos trabajan para el estado o una organización financiada por el estado, pagada por todos nosotros. Es decir, que desde el sillón de su casa, cuando no desde su puesto de trabajo, nos dicen a los demás lo que ellos no han hecho ni van a realizar. A los que, de manera personal conozco, no los vi el 15M, no los veo en las huelgas generales, rehúyen de las manifestaciones por desahucios,…

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En el ejemplo del programa de Jordi Évole, estos usuarios de red social se atrevían a decirle lo que tenían o no que hacer a un grupo de trabajadores que luchaban en donde hay que luchar, en el puesto de trabajo. Pero ellos nunca salen a las calles, no se integran dentro de alguna organización política o sindical para cambiarlas, no. Se limitan a decirnos a los demás lo que ellos no están dispuestos a hacer.

Todos conocemos casos, algunos se parecerán a estos perfiles, otros diferirán en algunos aspectos, pero lo básico, que es la ausencia del respeto por la opinión contraria y por no pelear porque esa opinión contraria pueda mantenerse, es lo que distingue a los Filósofos de Facebook.  Ellos odian la diversidad.

Escribe lo quieras, insulta lo que quieras, pero por favor, quédate en tu muro, y no “ilumines” el de los demás.

Quizás leyendo esto pienses que yo soy uno de ellos, pero nada más lejos, uso mi blog, no el de otro, uso mi Facebook o Twitter, no el de otro, y por supuesto como no tengo la solución a tus problemas no te diré lo que tienes que hacer… bueno, déjame una simple recomendación: Huye de los filósofos de Facebook.

¿Puede la Historia ser novela?

En los últimos veinte años hemos asistido al boom de lo que se ha denominado novela histórica. Y vaya si ha sido un boom, todo un éxito se podría decir. Novelas como la trilogía Alexandros de V. M. Manfredi, Los Pilares de la Tierra de Ken Follett o la serie ambientada en la antigua Roma de Colleen McCullough, se han convertido en auténticos clásicos de la ficción, y se han vendido por millones en todo el mundo.

Pero los que hemos estudiado Historia, si, con H mayúscula, siempre nos preguntamos, ¿se puede llevar la Historia a la novela, a la ficción, sin que esta ciencia pierda su verdadera esencia? Quizás el primer problema nos lo encontramos en la propia pregunta, y es que muchos, no todos, de los autores de este tipo de novelas no consideran a la Historia una ciencia, ni mucho menos son historiadores.

La Historia es una ciencia, y como tal, como todas las otras ciencias, posee sus propias técnicas de estudio, e incluso tendencias, que aunque siempre han sido unos parámetros polémicos y que han suscitado muchas controversias, todo historiador debe conocer para poder identificarlas si lee una obra de Historia. Digamos, simplificando mucho, que nos ayuda a conocer “de que pata cojea el autor”.

Por supuesto la Historia también tiene sus propias técnicas de estudio e investigación, por eso me sorprende, e incluso a veces me hace relucir una sonrisilla, cuando leo a algunos autores que en su Twitter o Facebook escriben “os dejo durante dos horas, voy a investigar para mi futura novela histórica”. ¿Cómo puede una persona que no ha estudiado Historia saber como se investiga? ¿Ciencia infusa, inspiración divina?

Historia

Hay que saber hacer Historia.

La respuesta es mucho más fácil, ni siquiera él mismo se lo ha planteado. No sé si eso es peor o mejor que si lo hace adrede, pero lo que si sé, es que su resultado, como ya imaginaréis, no puede ser demasiado bueno. Si es cierto que hay historiadores que han escrito este tipo de novelas, y suelen ser precisamente las que se salvan de este tipo de situaciones. No entro en la calidad de la obra, sino en que se nota, se siente, el trabajo serio que se encuentra detrás.

¿Nos imaginamos a un escritor haciendo una novela médica, o una novela económica? No, solo la catalogación, ya nos sonaría demasiado seria, demasiado científica. Pero claro, como no se considera a la Historia una ciencia.

También tenemos que hacer autocrítica los propios historiadores y las Universidades, si también ellas, de ser cómplices de esta situación, comprando este tipo de libros e incluso dando a “autores históricos” doctorados honorarios en Historia, como el concedido en el 93 a Colleen McCullough. ¿Alguien se imagina que alguna universidad le hubiese concedido a Isaac Asimov un doctorado honorario en Ingeniería Aeronáutica? Claro que no, porque lo que hacía era ficción, dirán algunos, pero, ¿es que acaso la novela histórica no es ficción?

Esto es solo un ejemplo más del ninguneo al que ha sido, es y será sometida la Historia, una modalidad que el gran público cree que se sabe leyendo un par de libros, y sino no son ensayos, tanto da, ¡es solo Historia!…